Cuando Rotary era sólo una idea

Joaquín Mejía

¿Qué futuro, estima usted, amigo rotario, aguarda a un joven abogado recién graduado, que al recibir su diploma universitario anuncia que desea explorar el mundo durante cinco años, trabajando exclusivamente en campos ajenos a su profesión, y a continuación procede a cumplir su promesa? 

En 1891 -al igual que en 2014- la probable respuesta tiende a ofrecer ligeras variantes de la siguiente: “Es concebible que nuestro joven abogado aprenda algo, y que las aventuras que sin duda correrá, digamos,  como marino auxiliar,   vendedor de mármoles,  novel reportero,  recolector de hortalizas, maestro de escuela, actor, vaquero y bracero en los  naranjales de La Florida, algo le enseñarán, pero su desarrollo profesional se verá irremediablemente afectado”. 

Salvo por una magra pensión heredada de su abuela, el intrépido viajero carecía de fortuna personal que le permitiera llevar a cabo sus planes con holgura. Le faltaban tambén las cartas de recomendación, los vínculos familiares en diversas ciudades, o la posibilidad de llevar a cabo una lucrativa operación comercial. 

Nuestro aventurero contaba en su haber, sí, una personalidad magnética y atractiva, junto con el don de hacer amigos; quizá aún más importante, viajaba con equipaje muy ligero, porque iba desprovisto de los prejuicios y prevenciones tan frecuentes en aquella época. Para escándalo de algunos e incomodidad de muchos, entablaba relaciones con personas de toda laya y condición social. Al igual de los grandes viajeros de otras épocas, su insaciable curiosidad y la determinación de abrir puertas y conocer mundos distintos a los que había frecuentado hasta el momento eran el elemento determinante de su patrimonio. 

Confirmando las predicciones de quienes estaban al tanto de sus planes, nunca alcanzó la cima de su profesión. Pasó cinco años viajando por distintas partes de América del Norte y del Reino Unido, estableció en Chicago un bufete, y logró cierto progreso profesional; se casó después de la primera juventud, pasados los 40.  Utilizando los ahorros de años, hizo construir una casa modesta pero decorosa en el sur de Chicago. 

Al término de la segunda guerra mundial, cuando la paz retornó, nuestro antiguo viajero, marino y recolector de naranjas  era el presidente emérito de la organización de servicio más respetada del mundo, que ya contaba con más de 200,000 socios provenientes de 75 países (El número de socios  sobrepasa 1,200,000 en 2014). Su nombre era Paul Percy Harris. La organización que legó al mundo al llegar al final de su vida, que concluyó en 1947, lleva un nombre conocido: Rotary International.  

Paul P. Harris hacia 1891, año en que se graduó de abogado. 

A duras penas podría decirse que los antecedentes personales de Paul Harris inspiraron a quienes lo conocieron a  predecir la contribución que iba a llevar a cabo al campo del servicio, la construcción de la paz,  y la buena voluntad internacional. Paul llegó al mundo en la población rural de Racine, Wisconsin, el 19 de abril de 1868. Se sumó a una familia en difíciles condiciones, en una sociedad  recientemente sacudida por la la guerra civil. Las circunstancias familiares llevaron a que Paul viviera con sus abuelos paternos, en Wallingford, en el estado de Vermont. 

De varias maneras, la prosa que Paul emplea en su autobiografía “Mi Camino a Rotary” (My Road to Rotary) para describir los años de su niñez y de su juventud evoca pasajes de Tom Sawyer y de Hucklberry Finn, las conocidas novelas de Mark Twain. El lugar geográfico y el tiempo son sin duda diferentes, pero la frescura de las impresiones, la sencillez de las costumbres y la descripción de las amistades que se entablan entre los personajes de estas obras llevan un sello inconfundible. 

 

Busto de Paul Harris en Madrid

 

Algunos  atribuyen su personalidad a la posición de las estrellas, en el momento de nacer;  otros, a la herencia genética que creen haber recibido de sus ilustres tatarabuelos; digamos, la notable característica que distinguió en la familia a algún prominente estadista, científico o teólogo, cinco o seis generaciones atrás, y que hoy vuelve a manifestarse en un afortunado heredero. 

En el caso de Paul Harris nadie registró la posición de las estrellas en el momento de su nacimiento, y menos aún se rastrearon los anales genealógicos, para determinar si algún antepasado del tronco familiar de los Harris podría haberle legado alguna característica excepcional. Como era evidente que ni las estrellas ni los antepasados contribuyeron a su éxito, a Paul le gustaba atribuir su personalidad a su pertenencia a una banda juvenil de muchachos de su edad. En los años de la niñez y la adolescencia de Paul, los adultos de Wallingford solían referirse al grupo como The Rapscallions (“Los Tunantes”). 

Lejos de conquistar un lugar en la historia de Wallingford por sus virtudes  cívicas, su amor al estudio, o su trabajo desinteresado, los Rapscallions dejaron claro desde el principio su afición por las bromas pesadas, de preferencia a costa de los santurrones de la iglesia local. También famosas se hicieron  las largas tardes de estío que robaban a la escuela, a orillas del río,  nadando en el mismo traje de baño que  utilizaba Adán, o trepando a un trenes local para viajar como polizones sin conocimiento del maquinista ni mayores preocupaciones por las leyes de la gravedad o las de la autoridad civil. 

Casi unánimemente, la comunidad llegó a deplorar la existencia de misma de los Rapscallions. No faltaron quienes afirmaran que lejos de meras travesuras infantiles, las actividades de la banda constituían infracciones que requerían correctivos enérgicos. No todos coincidieron con el diagnóstico, pero nadie puso en tela de juicio que una de las características de la banda era la lealtad interna, la devoción personal y el respeto por la amistad. Durante años, Paul evocó con nostalgia la memoria de sus compañeros de aventuras. Sus andanzas juveniles le permitieron descubrir su genuina vocación: el establecimiento de un grupo de amigos, unidos por la lealtad, la camaradería y la solidaridad. 

 Sede del  gobierno civil de la población de Wallingford, Vermont, Estados Unidos. 

 

En vista de las difíciles circunstancias de su infancia y su primera juventud: ¿qué llevó a Paul Harris a distinguirse de manera tan notable?   ¿Cómo explicarse que –pese a los obstáculos que enfrentó- haya construido los cimientos de una entidad tan extraordinaria como es Rotary International? 

Dejando de lado el influjo de las estrellas y la influencia de desconocidos pero ilustres antepasados, quienes lo trataron de manera personal coinciden en que una de las características de Paul Harris era su capacidad de entablar amistades y establecer en corto tiempo un vínculo de simpatía, lealtad y comunicación abierta con todo tipo de personas.

Los primeros años distaron mucho del crecimiento meteórico y sin esfuerzos que algunos imaginan. Todos los que vivieron los primeros años de Rotary admiten fases de crecimiento y retroceso, marcados por la incertidumbre sobre la ruta que convenía emprender y  voces disidentes que proponían cursos de acción opuestos entre sí. 

Los temas discutidos en la infancia de la organización incluyeron desde el lugar donde más convenía celebrar las reuniones hasta la conveniencia de aceptar o no el principio de las clasificaciones profesionales (con solo un representante de cada área de negocios); si era deseable expandir el movimiento a otras ciudades, o insistir en que se mantuviera limitado a Chicago; si resultaba mejor destacar el mutuo beneficio comercial que obtenían los socios al afiliarse, o acaso cabía la posibilidad de explorar el servicio a los demás como fundamento de la asociación… los ecos de las acaloradas diatribas dominan las páginas de los primeros documentos de la organización, así como las memorias de los socios del club de Chicago, el primer club rotario. 

Pese a sus divergencias, los socios de los primeros años coincidían en un punto: la calidez de Paul Harris y la amistad que irradiaba hacían posible y agradable la participación. Su tolerancia llevaba a resolver diferencias y a  identificar soluciones. Cuando eso no era posible, Paul procedía a romper el hielo, entonando una canción o gastando bromas que habrían sido imperdonables, fuera del contexto de la camaradería. Creó una dinámica eminentemente afín  a la de una alegre banda juvenil de Wallingford, a fines del siglo XIX, cuyas travesuras lamentaban los vecinos, que acabaron dándoles el mote de los Raspcallions. 

 

Joaquín Mejía, socio del Rotary Club de Skokie Valley, Illinois, fue editor de  Revista Rotaria, que durante años fue el órgano oficial de Rotary International en español. 

 

 

Bibliografía:

 

Arnold, Oren: THE GOLDEN STRAND, An Informal History of the Rotary Club of Chicago, Chicago, Quadrangle Books,  © 1966.

Carvin, Fred A.: PAUL HARRIS AND THE BIRTH OF ROTARY, Fred A. Carvin, North Charleston, South Carolina, © 2011.

Forward, David C.: A CENTURY OF SERVICE- THE STORY OF ROTARY INTERNATIONAL, Evanston, IL, Rotary International, © 2003. 

Harris, Paul P.: MY ROAD TO ROTARY. Rotary International, Evanston, IL, © 1982. 

 

 

Convención de Atlanta 2017

Rotary International

 

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